
- Somos una casa publicadora muy pequeña - me dijo Mr. Elmwood
mientras pasábamos entre cajas y libreros para llegar a su oficina. Se
volteo a mirarme, miro mi manuscrito y arqueo las cejas - muy pequeña -
repitió, viendo mis dedos luchando por sostener las hojas.

Yo la invitaría a ver la nueva película de Almodóvar en el little theater en el lado este del campus. No importa, son solo cinco dólares. Iríamos caminando a un ritmo lento; los dos con las manos en los bolsillos. Hablaríamos del frio y de donde ella viene. Yo le contaría de las playas y de como se siente subir la carretera de Samaná. Ella diría que le encantaría visitar mi Terrenas. Yo le diría que me encantaría conocer Illinois.
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“El Estado no es la patria; es la abstracción, la ficción metafísica, mística, política y jurídica de la patria” – M. Bakunin

Primero, me gustaría agradecer a La Academia por incluirnos en su lista de nominados y por supuesto, por esta tan codiciada estatuilla. Estar aquí entre ustedes, y los eventos que han precedido, ha sido un honor y literalmente, un sueño hecho realidad. Como muchos, yo crecí viendo películas y viéndolos a ustedes crear una fantasía para nosotros, una pequeña distorsión de la realidad, que hizo mi infancia, y la de toda mi generación, hermosa y tolerable, y por esto estoy para siempre agradecido.
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- ¿Me puedo retirar a las barracas? – Le pregunto el Sargento a su Capitán.
Estaban en en los puestos de vigilancia y casi amanecía. De lejos se veían
las luces dormidas del campamento. El capitán miró su reloj y le devolvió una
mirada acusadora.
El sargento, que esperaba esa respuesta, miró a todos lados, desilusionado.
La calma del campamento contrastaba con la tensión que se vivía en los puestos.

La detecté con el rabo del ojo. Sentí un movimiento de cabello y el crujir de una falda; y miré y ahí estaba ella. Sentada a tres filas más arriba de mí, del otro lado del pasillo, en la primera silla. La miré, me miró. Sonreí, me sonrió. Volví a mirar para adelante. Me sonreí;ya no me importaba la clase. Mis ojos miraban al profesor, pero repasaba la imagen que se había quemado en mi retina. Su cabello castaño, rizo, largo, frondoso, como para hundir la cara. Sus ojos fieros nativo-americanos, su piel blanca, rojiza y sus pómulos grandes, preciosos. Por el rabo del ojo podía sentirla mirando, pero aparentando ignorarla seguí examinando la extraña calva del profesor.
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Ya iba a 120 millas por hora y la camioneta no se detenía. Le resplandecía sus luces azulesrojas policiales y le retumbaba con la sirena, pero el carro no mostraba ninguna reacción, sólo iba acelerando a un ritmo constante. Sheriff McKenzie, que se había criado justo en el pueblo de al lado, conocía bien la carretera. Que después de la milla recta se vuelve angosta, de un solo carril para luego convertirse en una curva y entrar por el pueblo y si seguían a esa velocidad podían causar una desgracia. Era ya pasada la medianoche y todo se veía estático, pero en temporada de teatro, el único entretenimiento del pueblo, sabía que la gente tenía la costumbre de salir del show tarde e ir caminando por la calle con calma suburbana, al restaurante italiano justamente en frente o al bar social al final de la esquina. Trató de rebasarle y ponérsele al lado pero el aumento de velocidad lo puso en una carrera que le aceleró el corazón.
150. 170. Sentía ira por la violencia del conductor, y por el desacato de toda posible ley de tránsito. Subió las ventanas para ahuyentar el rugido aterrador del viento; su patrulla Lincoln no estaba acostumbrada a esa velocidad y temblaba desde el soporte hasta la transmisión. La camioneta Ford vieja, tenía marcas del paso del tiempo y de haber aguantado una decena de inviernos, pero no veía en ella nada siniestro. En esa área campesina de Michigan era el vehículo preferido por su utilidad. Hundió el acelerador hasta el fondo, asustado con la emoción, y en un acto de adrenalina logró ponérsele paralelo para tratar de mirar quién era el borracho o el asesino al volante. Le alumbró la cara y con horror pudo ver que el conductor estaba dormido. Era una muchacha joven su cara relajada e inclinada hacia delante y sus manos crispadas en el guía.
Había oído de los extraños casos de los conductores sonámbulos pero algo de la noche fría, la luna llena y la furia de la máquina comparado con la pasividad del culpable, daba una prisa escalofriante al momento. Era casi como una posesión y el espíritu maligno era el humano conductor, a la velocidad que se construye en más de cinco millas de carretera recta.
¡No sabía qué hacer! A los lejos se veían las luces del pueblo, el 7-11 de la primera esquina y veía carros en la calle, lo que le decía que los buenos ciudadanos de Millford estaban todavía despiertos. Le aterró la impotencia. Nunca había oído de una persecución donde el malhechor estuviera inconsciente y viendo la situación, dejó de hacerle ruidos y señales, porque a esa velocidad quizás era más peligroso despertarlo.
Había oído de un creciente número de casos donde inexplicablemente un carro o un SUV, siempre carros familiares, seguían derecho por el precipicio sin hacer ningún intento de doblar o eran aplastados por las ruedas de los camiones transnacionales de las maneras más inexplicables. De los pocos casos que quedaban vivos, sólo cayendo en una zanja y despertándose a tiempo, los fangio durmientes no tenían ninguna recolección de lo que pasaba ni de haber salido a manejar. Lo último que recordaban era quedarse dormidos frente al televisor.
Iban lado a lado a una velocidad infernal que hacía que las verjas de ganado retumbaran y que el asfalto rechinara al ser arrancado del cemento.
McKenzie hacía poco había comprado uno de esos nuevos aparatos y sabía del efecto hipnotizante que parecía tener, pero de ahí a salir a manejar dormidos no podía entender la conexión. Sabía que los Sheriffs de los pueblos cercanos habían tenido que aumentar las patrullas de carretera nocturnas para acompañar los insomnes dormidos y se les ponían en frente para darle pequeños choques de piedad.
Las rayas de la calle ya formaban una línea recta entre su patrulla y la camioneta, y con las dos manos agarraba con fuerza el guía para mantener control de su patrulla, que se sentía a punto de desarmarse. Trató de chocarla de lado y forzarla a caer en la zanja o causar alguna reacción, pero nada. La camioneta aguantó el embiste y siguió su trayectoria. Veía la curva aproximarse a ellos a una velocidad indetenible y ya comenzaba a sentirse fuera de control.
La camioneta hizo un sonido extraño en el bonete y con una nube de humo, empezó a bajar la velocidad hasta detenerse en la parte angosta. La soledad de la carretera era un alivio y un escenario terrorífico, oscuro. Todo tenía eco y parecía observar. Retomando el pulso y mucho más relajado, fue bajando la velocidad para devolverse a despertar a la muchacha la que ya veía como víctima, que ahora estaría en mitad de la carretera, sin luces, a la merced. El Sheriff tomó nota de que se le acababa la gasolina.
Se le colocó en frente y todavía con las luces prendidas, apagó las sirenas y con cautela se fue dirigiendo hacia la camioneta, humeante, dormida. Le tocó por la ventana y no recibió respuesta. Trató de abrir la puerta y estaba cerrada. Justo cuando se preparaba para romper la ventana, oyó el anuncio de la trompeta de la muerte y vio las luces de advertencia de un inmenso camión transnacional que se les venía encima y que ya no se podía detener.
Creditos ilustracion: Abelardo Llerandi
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Mira, dejémoslo aquí, ya me sé esta historia y nunca, ni en la realidad ni en mi memoria acaba bien.
Ahora te conozco, amigos de amigos, accidente casual, coincidencia de cualquier cosa; nos miramos con interés y nos sentimos tímidos. En un rato estamos hablando, nombre, estudios y familia, algún flechazo del pasado y en el mundo no existe nadie más. Después de un tiempo de chatear nos gustamos, una hora, tres días, una semana, talvez. Esperamos con ansias las llamadas y los mensajes. Leemos los emails con hambre y todo está iluminado.
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Uno de mis primeros recuerdos es en el asiento de atrás, con toda mi familia en el carro, oyendo música. En la 97.5 había una estación llamada Clásica Radio y ese era el eje del dial de mi papá.
Mi papá era un melómano. Su colección de Cds compuso el soundtrack de mi infancia. Cuando no era pitando, era dirigiendo con la mano o era cantando himnos. Con Bach, en especial, tenía una conexión. En el carro cuando la voz profunda anunciaba el concierto para dos violines, él subía el volumen y nos pedía que escucháramos. Bach amaba a Dios tanto como mi papá y había creado música que solo alguien conectado con el Todo podía hacer. “Eso es la Fuga” recuerdo que nos explicó “es el diálogo del hombre con Dios”. Cuánta paz transmitía y cuánta belleza. Nunca entendí como un adagio podía sonar como día soleado en el campo o como una tormenta y como todo eso se podía se contener en un disco.
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